Apenas llegó Zaratustra
a los treinta años, dejó su patria y el lago de su patria y se refugió en la montaña. Durante diez años disfrutó allí,
sin cansarse, de su espíritu y de su soledad. Hasta que al fin se transformó su corazón, y una mañana se levantó al iniciarse el alba, y
plantándose frente al sol le habló así:
¡Oh! ¿Cuál sería tu dicha si no tuvieras a quienes iluminar? Hace diez años que llegas hasta
mi y te hubieras cansado de tu luz y de
tu camino si no me tuvieras a mí, a mi águila y a mi serpiente.
Cada mañana te esperamos para beneficiarnos con tus
pródigos rayos y bendecirte por ellos.
Mas he aquí que me he hastiado de mi sabiduría, como la
abeja que ha elaborado excesiva miel. Ahora necesito manos que se me tiendan.
Quisiera dar y distribuir hasta que los sabios entre los
hombres de nuevo estén gozosos de su locura, y los pobres, dichosos de su riqueza.
Por eso debo descender yo a las profundidades como lo haces tú por la tarde cuando te hundes detrás de los mares para
llevar tu luz al otro lado del mundo, ¡oh
astro esplendoroso! Debo desaparecer como tú, acostarme, como dicen los hombres hacia
los cuales quiero descender.
¡Bendíceme, ojo sereno, tú que puedes contemplar sin envidia
hasta la dicha que no tiene límites!
¡Mira esta copa que está ansiosa por vaciarse nuevamente!
¡Mira a Zaratustra que quiere recomenzar a ser hombre!
Y así se inició el descenso de Zaratustra.
Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche
(Traducción Carlos Vergara)